[RENACER] CAPÍTULO III: DOCE DÍAS EN EL INFIERNO.

by - sábado, agosto 01, 2020



CAPÍTULO III

DOCE DÍAS EN EL INFIERNO



Cuando estaba pequeño y lloraba porque mi mamá se iba a trabajar, ella me cargaba, me acostaba en la cama a su lado y comenzaba a contar una historia hermosa para que me durmiera. Me la imaginaba en el techo de mi cuarto, así que por allí pasaron dragones, caballeros de la mesa redonda, príncipes, princesas, reyes, entre otros. Todo tipos de héroes. Cada vez que mi mamá terminaba la historia, la abrazaba y le decía: Mamá, como me gustaría estar enfermo para así poder ir contigo al hospital mientras trabajas. Ella me repetía que nunca pidiera eso, que lo menos que quería era que estuviese enfermo.

Cuando estaba muy cansado, no quería dormir, no quería historias, solo quería que mi mamá se quedara a mi lado; ella comenzaba a moverme suavemente de lado a lado y cantaba:


Duerme, duerme, negrito.
¡Qué tu mami va al trabajo, negrito!


Mientras los médicos me explicaban las razones por las cuales me llevaban a terapia intensiva, repetía esa canción en mi cabeza. Intentaba mecerme para calmarme, para quedarme dormido y despertar en mi cama. Fuera de peligro, fuera de esta pesadilla. Con cinco años y mi pijama de los Power Rangers, quería volver a esa época donde todo era más sencillo, donde mi única preocupación era comer, aprender la lección del día y ver a mis superhéores favoritos en la televisión.











Los médicos seguían hablando, mientras me iba quedando dormido entonando la canción que mi madre había compuesto. La imaginaba pasando sus dedos por mis cejas, recordaba su perfume que me hacía caer rendido y de pronto me fui nublando como el atardecer. Imagino que me durmieron y ni cuenta me di. A lo lejos escuchaba el tarareo de mi mamá, ya no estaba en el hospital. Me encontraba en una playa sentado mirando un ocaso cargado de amarillo, como una película mis ojos veían al mar tranquilo, apacible. De la nada vi a mi bisabuela con un bebé paseando por el mar, sus pies no se hundían con el agua. Ni los de ella, ni los del bebé. Lo paseaba mientras le contaba una de sus historias increíbles, mientras lo distraía para que no llorase. Desde la orilla y observando este sueño mágico, quería salir corriendo y abrazar a mi bisabuela, una de las mujeres que más extraño en mi día a día. Pero por alguna razón que desconozco, me sentía tranquilo. Me sentía en paz. Antes de despedirme y comenzar con la odisea, esperé para verle la cara al niño, así descubrí que era yo de pequeño. Mi bisabuela me estaba paseando en el mar en calma para que me nutriera de esa energía, de esa paz y afrontara con la cabeza en alto todos los retos que me vendrían a partir de ahora.


Desperté sonriente, vi a mi alrededor y no estaba en el mismo lugar de antes. No estaba en la playa, no estaba en el hospital. Unos asiáticos me habían secuestrado, tenía miedo, quería llorar. Solo veían como atomizaban con un spray a las personas que no pertenecían a su raza y los dejaban tumbados en el suelo o repitiendo acciones sin parar. Quería esconderme pero no podía moverme, quería gritar, gritar sin parar. ¿En qué momento me habían secuestrado? ¿En qué momento salí de la playa y estaba aquí?

'¡Quiero a mi mamá!', gritaba. '¡Llamen a mi mamá! ¡Ella es enfermera! ¡Ella puede curarme!', gritaba. Una enfermera con rasgos occidentales de acercaba a mí y me repetía que todo estaría bien. Otra le preguntaba porqué estaba tan alterado y ella respondía que estaba nervioso, que estaba tan confundido que le decía 'mamá'. Y no, ella no era mi mamá, mi mamá estaba en Venezuela pero ellos podían buscarla. Mi mamá había ayudado a mi abuelo cuando se estaba muriendo, también había salvado muchas vidas en su trabajo, ella tenía la cura. La necesitaba a mí lado para sentirme mejor.







De la nada todo se puso oscuro de nuevo, caminaba por un callejón de mala muerte. Olía mal, solo había una puerta al final de todo. Pensé en no entrar, en devolverme, pero tenía que tener valor para enfrentar todo lo que viniera. Toque la manilla y respiré profundo, sabía que podría pasar cualquier cosa al cruzar esa puerta, pero no tenía miedo. Tenía la certeza de que Dios me acompañaría en todo este trayecto, siempre ha estado a mi lado. Giré la manilla, entré y la música era tan alta que me mareaba. Era una especie de club nocturno del terror, el olor a podrido no me dejaba respirar, habían personas pero mi mente me repetía que no me acercara, que no pidiera ayuda. No eran personas, no estaban para ayudarme sino para hacerme la vida mísera. Voltee a buscar la puerta para irme, prefería estar en el callejón con frío que estar en ese lugar tan asqueroso. La puerta no estaba, había desaparecido. De la nada salió una mujer muy hermosa, me tomó de la mano y me invitó a sentarme. Me susurró al oído que llevaban rato esperándome, que era el invitado de honor y que tenía un show para recibirme. Disimulé una sonrisa, me senté para evitar malos ratos y comenzó una función tenebrosa. El miedo con cada segundo que pasaba se apoderaba de mí, mis peores pesadillas de niño estaban volviéndose realidad en ese escenario. Intenté levantarme, irme, pero cada vez que lo hacía todo comenzaba de nuevo. No importaba si cerraba los ojos o los abría, la música, el mal olor y el show de mis mayores miedos seguía sin parar. 'No puedo respirar', comencé a repetir. 'No puedo respirar, me estoy muriendo', nadie me escuchaba. Solo se reían. Intentaba escupir aquello que no me dejaba inhalar, pero era en vano. Cada vez el oxígeno era menos.






Desperté del susto, en el mismo lugar que antes, por más que se parecía al hospital lo sabía desde la primera vez, no lo era. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía ahí? ¿Por qué no estaba en mi cama? De la nada apareció una energía dibujada en el techo de la sala, comenzó a sonreír y mi mente le dio forma del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Sentía que esta energía tenía poder, podía comunicarme con ella y pedirle lo que quisiera, pero nada era gratis. Todo tenía un precio. Me le quedé viendo por un largo rato, no quería hablar, no quería preguntar nada. Cada palabra que pronunciara podría ser usada en mi contra.

Todo se oscureció de nuevo, estaba en un cuarto repleto de luz preparándome para una boda. Intentaba hacerme el nudo de la corbata, pero era imposible. Nunca aprendí. Mientras me veía en el espejo, me preguntaba: ¿Quién se estará casando? ¿De quién será esta boda? ¿Cómo me recuperé tan rápido? Escuchaba mucha gente, hablando, riéndose. Un hombre entró al cuarto donde estaba y me preguntó si estaba listo, me comentó que teníamos que bajar ya porque la ceremonia estaba a punto de empezar. Me hablaba otro idioma, uno que desconozco pero le entendía perfectamente. Me acerqué a la ventana y me di cuenta que estaba en una casa de playa, tenía una vista preciosa y al parecer la boda sería frente al mar. Intenté preguntarle quien se casaba, me ignoró y me pidió que no tardara más. Comencé a bajar las escaleras. Todos me veían con cara de amor, unos aplaudían, me felicitaban, otros levantaban las manos en señal de celebración. Terminé de bajar y la misma persona que me había buscado en la habitación, me llevaba a la playa. '¿De quién será esta boda?', me seguía preguntando.

Así llegué hasta el lugar de la ceremonia, intenté sentarme en primera fila y el hombre que me escoltaba solo dijo: 'No puedes sentarte, el novio debe ir de pie.' ¿Dónde estaba? ¿En mi boda? ¡No puede ser! ¿Con quién me estaba casando? ¿Dónde estaba mi familia? Comenzó a sonar una música que desconozco y entró la novia. Yo solo pensaba: Estás en una pesadilla, es un sueño, esta boda no es real. La novia llegó hasta donde yo estaba, todos me hacían señas de que era hora de quitarle el velo de la cara pero no sabía sinceramente que hacer. Cedí por presión social, mis manos sudadas levantaron el velo y descubrí que era una mujer preciosa. No la conocía, pero se me hacía familiar. Igualmente no quería casarme, pero si era una pesadilla nada de esto era real. Ni la boda, ni ella, ni yo. Si todo era parte de un sueño, yo seguía en el hospital, dormido. Podría irme y nada pasaría. Podría salir corriendo de mi propia boda, decir 'me opongo' y salir victorioso. Es mi pesadilla, yo la controlo. Cuando me decidí a oponerme, comencé a toser, no podía hablar. Tenía algo en mi garganta que no me permitía expresarme, tampoco me dejaba respirar. Me desesperé y seguía tosiendo, seguía intentando respirar mientras nadie me prestaba atención. La boda seguía como si nada. Nos declararon marido y mujer, al pedirle al novio que besara a la novia caí muerto. No aguantaba más.







¡Estaba de vuelta! En el mismo lugar, el hospital que no era el hospital. Me estaba comenzando a cansar. No me quería quedar dormido de nuevo, no quería ir al burdel infernal y tampoco casarme con una desconocida. Quería a mi mamá, quería levantarme de esta cama. La energía apareció de nuevo, comencé a pensar en la manera correcta de pedirle que trajera a mi mamá. Siempre había escuchado eso de que al universo hay que pedirle perfecto, sin que nada se te escape porque todo podría salir mal. Si le pedía simplemente que mi mamá estuviese conmigo, podrían enfermarla de gravedad y así nos encontraríamos en este limbo. ¿Dónde quería verla? ¿En mi infierno? ¿En UCI? No, quería que fuese mi enfermera. Que estuviese en este hospital, atendiéndome, ella tenía la cura al virus. Yo lo sabía. Ella es la mujer maravilla, podría con esto y más.

Mientras esta energía sonreía y me veía ordenar mis ideas para pedir mi primer deseo, le dije: Quiero a mi mamá, quiero que esté aquí más no enferma. Quiero que sea mi enfermera y pueda sacarme de aquí. La energía se me quedó viendo, y me preguntó: '¿Qué me darás a cambio?' No tenía nada que ofrecerle, así que le respondí: 'Nada, fuiste tu quien me puso en esta posición. Gracias a ti estoy en este experimento y no te daré nada a cambio. Es más, para retribuirme por este mal rato deberías concederme este y dos peticiones más.' La energía se quedó en silencio por un rato y acepto mi trato. Me traería a mi mamá, así ganaríamos los dos.

De la felicidad me quedé dormido de nuevo, sin darme cuenta, desperté con unos de los sonidos que más amo, el sonido de las olas del mar. Me estaba bronceando en Margarita, en una de mis playas favoritas de Venezuela. Mientras sentía la arena en el espalda, las olas rozándome los pies, escuché su risa. La risa de mi madre es característica. Abrí los ojos de nuevo para percatarme que no fuese un sueño, enfoque la mirada y allí estaba broceandose con el amor de mi vida, mi suegra y una familia que adoro de Alicante. Al verlos sonreír y pasarla bien, me di cuenta que la enfermedad ya no estaba en mi cuerpo, me sentí en casa de nuevo, sentí que todo había pasado. Intenté saludarlos, hablarles, contarles la pesadilla que había vivido pero no podía hablar. Tenía algo en la boca que me impedía hacerlo, me comencé a sofocar porque quería saludar a mi mamá, decirle que estaba bien pero era imposible. Comencé a ahogarme, mientras me iba hundiendo veía a los míos reírse, disfrutar el momento. Así entendí que estarían bien sin mí, que el mar se encargaría de limpiarles la rabia, la melancolía y que se reunirían una vez al año en la playa de mis sueños a recordarme.









Desperté de nuevo, cada vez que voy y vuelvo me deterioro más, me canso más. Mientras más débil estaba, la energía que me vigilaba se fortalecía. Apenas volví en sí, le pregunté por mi mamá. Solo respondió: 'Está aquí.' En ese instante me desesperé comencé a mover la cabeza de lado a lado a ver si la veía, todos estaban protegidos pero yo podía reconocer a mi mamá hasta por la forma de caminar. ¿Dónde está? Me desesperé un poco, comencé a sentir que si ella no estaba conmigo dándome ánimo sinceramente no podría con esto. Me sentía muy solo. Lo único que me acompañaba era esta energía con complejo de centinela y los sonidos de las maquinas que me mantenían vivo. Con los ojos a punto de llorar, volví mis ojos a la energía dibujada en el techo de la habitación y le pregunté: '¿Mi madre está aquí conmigo?' Bajé la mirada para resignarme y escuché un escándalo en la sala de espera.

Era la voz de mi madre, la reconocía, quería levantarme de la cama, correr hacía a ella, abrazarla y contarle todo lo que había soñado. Decirle que no me había quebrado ni una vez, aunque fuese mentira. Quería preguntarle por la cura de esta terrible enfermedad, capaz la traía con ella. Escuchaba a mi mamá gritando, gritando de desesperación porque no la dejaban pasar. Le repetían que ella no podía estar ahí, que tenía que bajar la voz. Ella solo decía que era enfermera, lo mismo que les intentaba decir yo. Mi madre no estaba en mi sueño, ni estaba en la sala de espera, ni en Madrid. Mi madre estaba en su casa en Venezuela gritándole a las paredes lo injusta que era la vida, había dedicado toda carrera a sanar, a servir a los demás y justo cuando uno de sus hijos estaba en esta situación tan crítica no podía hacer nada.

Me desesperé, me cansé de vivir este infierno que me debilitaba cada vez más. Me cansé de esperar a que mi madre llegara, no iba a estar en mi pesadilla, no iba a tomarme de la mano, no iba a repetirme que todo estaba bien. Estaba congelado del frío, escuchando una música detestable sin parar, supervisado por una energía que tan solo quería esto, que me quebrara para ponerme a prueba y así fue.







'Te daré dos opciones, tú decides', me comentó la energía. 'En tus manos tienes la solución a lo que estás viviendo, en tus manos tienes la opción de levantarte o quedarte postrado en coma inducido el tiempo que sea necesario. Cinco, diez, veinte, treinta días. Tú decides', terminó de argumentar. '¿Cuáles son las opciones?', respondí. Solo quería saber. 'Juguemos un poco.', me respondió. 'Como sabes un alma debe partir conmigo, eso no lo puedo cambiar, pero en tus manos está quien me acompañará. Si decides vivir, me llevo a tu madre y si decides que viva tu madre, te vas conmigo', me planteó la muerte. Desde el primer minuto que la vi supe que era ella, la muerte estaba esperando un movimiento en falso para ponerme en tres y dos. Sabía que de su energía no vendría nada bueno, pero yo decidí jugar y tenia que tomar una decisión.

¿La vida de mi madre o la mía? Algo dentro de mi me repetía que era una ofrenda que no había hecho, no se me había pasado ni por un segundo ofrecer la vida de mi madre para salvarme yo. Ni las mejores clases de negociación te enseñan como lidiar con esta oferta. Me quedé un buen rato en silencio, sabía que podía escuchar mis pensamientos, pero me daba igual. La muerte me conocía tan bien que sabía cual era mi respuesta, lo que intentaba era ignorarla. 'Mientras más te tardes, más tiempo estarás aquí', me alegó. 'Por mi no te preocupes, tengo toda la eternidad para esperarte', agregó mi invitada no solicitada.

'Ni la vida de mi mamá, ni la mía. Si quieres llévame pero no seré yo quien tomé esa decisión', le respondí sin miedo. Pensando que si no tomaba partido, no podría llevarnos a ninguno. 'Pues bien, ya que no tomas una decisión y ella se ofrece, me llevo a tu madre', me respondió. El mundo en ese instante se me vino abajo, comencé a llorar desesperadamente y me arrepentí. Le rogué que mejor me llevara a mí, que era más joven, pero la energía desapareció del techo. Ya no me podía comunicar con ella, la muerte se había ido. Recordé todos los momentos con mi mamá, aquellas peleas innecesarias, los abrazos, mi primera visita al teatro y los cuentos eternos en el carro. No podía vivir sin ella, no quería estar más, no así.







Me volví a quedar dormido, cada vez que esto pasaba las pesadillas se ponían peor y peor. Solo que la muerte me obligó a no contar más, pero me estoy adelantando a los hechos. Ya estaba agotado, al volver lo que hacía era llorar porque mi mamá no estaba ni estaría. Todo era mi culpa por no tomar una decisión a tiempo, por no ofrecerme en primer lugar.

La muerte vio en mis ojos cansancio, se dio cuenta que fue ganando batalla tras batalla y que poco a poco me estaba rindiendo. Para ser sincero, sí. Ya no podía más. Siempre había escuchado que la gente le repetía sin cesar 'No te rindas, no cedas' a sus familiares en terapia intensiva, pero llega un momento que estás tan agotado que eso es lo que quieres. Descansar, rendirte, dormir sin pesadillas de una vez por todas. Lo acepto, quería irme a tomar sol a la playa de mis sueños y olvidarme de esta guerra sin fin que estaba librando.

'¿Quieres otra vida?', me ofreció la muerte. '¿Quieres vivir una vida con más prosperidad o con más felicidad?, agregó. No quería otra vida, con la que tenía me bastaba. La avaricia era un plato que no se servía en mi mesa. ¿Ser feliz? Ya lo era. No quiero reencarnar y empezar de nuevo, quiero descansar de una vez por todas. Apenas comencé a pensar en eso, la muerte dibujo una mar oscuro en el techo de mi habitación. Me pedía que me acercara, que la acompañara a mi elemento, que allí estaría tranquilo por un buen rato. Algo dentro de mí sabía que no estaba bien, no era mi playa, ni la que me regaló mi abuelo, ni la que me encantaba ir para despejarme. Ese mar por muy tranquilo que estuviese, no tenía luz, no tenía vida. No quería estar en un mar oscuro, menos el resto de la eternidad. 







Allí comprendí lo que estaba pasando, la muerte desde el primer día de coma inducido me estaba paseando por el infierno. Me estaba paseando por cada una de sus puertas para desesperarme, para hacerme entrar en pánico. Primero por los miedos de mi infancia, luego por el mayor miedo de mi vida adulta que era casarme, luego por la muerte de mi mamá y así iba hasta lograr ponerme de rodillas. Había entendido su juego, había comprendido lo que intentaba hacer y tenía que ser más astuto que ella. No podía dejarme ir, todo era un juego mental. Debía ser fuerte, debía resistir.

Cada vez que alguien fallece o está a punto de hacerlo, siempre nos han planteado que metafóricamente pasan por todas las etapas de su vida. Desde el momento del nacimiento, hasta el punto donde se encuentran. Eso hizo la muerte para doblegarme, mostrarme cada uno de los momentos mágicos que viví de niño, adolescente y adulto. Cada vez que me veía emocionado por uno, me decía: '¿Quieres volver a vivirlo? ¿Quieres volver a nacer?' Justo en ese momento, cuando estaba a punto de decirle que sí, a punto de sacar mi bandera blanca y clamar por paz para mi alma, veía al amor de mi vida entrar por la puerta de mi casa. Al instante se dibujaba una sonrisa en mi rostro y decía: Not today.

La muerte intentó llevarme de varias formas, intentó desesperarme, hacerme llorar, me habló de la soledad al oído, de que si me levantaba jamás sería el mismo, me comentó que nadie me estaba esperando, que lo mejor que podía hacer era marcharme con ella, me mostró el infierno en primera persona y cuando se cansó, me contó secretos que no podría revelar nunca.






En plena negociación, cuando me encontraba más fuerte pero con ganas de despertarme de una vez por todas, comencé a tomar de las manos a cada una de las enfermeras que me venían a cuidar. Les agarraba la mano y les repetía: 'No me sueltes, no me sueltes. Si me sueltas me voy a morir.' Ellas me explicaban que no podía agarrarlas, que mi virus era algo serio y que debía mantener la calma. Así que me acordé de una oración que me enseñó mi bisabuela y la repetía para no sentirme tan solo:



Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh, buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me aparte de Ti.
Del maligno enemigo, defiéndeme.
En la hora de mi muerte, llámame.
Y mándame ir a Ti.
Para que con tus santos te alabe.
Por los siglos de los siglos. Amén.


De tanto rezar y rezar, apareció un doctor que no conocía en la sala. Era un hombre alto, de pelo largo, con una mirada muy particular. Ya estaba cansado de pedirle a las enfermeras y doctores que me dieran la mano para que se me pasara esta soledad agobiante, así que decidí no pedirlo. El doctor se acercó a mi cama, me tomó por mi mano derecha y junto con la suya la puso en mi corazón. Comenzó a decirme: 'Tranquilo, tranquilo'. Y cuando mis ojos enfocaron su rostro, solo alcancé a preguntarle: 'Doctor, ¿no le han dicho que se parece a Jesús?' Ya no tenía fuerzas, ya no podía más pero ese simple gesto me ayudo a caer en un sueño profundo donde las pesadillas no gobernaban. Gracias a este doctor que no conocía, tuve uno de los sueños más hermosos. 

Sentí una energía distinta, el sueño me llevo a ver a los míos y los podía observar gracias a burbujas que veía como nubes. Le pedí a Dios que los protegiera, que si yo estaba pasando por esto era para que ninguno de ellos sufriera lo mismo. ¡Qué por favor los cuidara! Confiaba en él.





Escuchaba música a lo lejos, la misma que me atormentaba en la primera pesadilla, sonaba y sonaba. Escuchaba risas a lo lejos. Era hora de volver, era hora de volver a tierra y contarles a todos lo que me había pasado. Tenía que contarles que conocí el infierno, que no es como lo imaginamos, que lo único capaz de atormentarnos es aquello que llevamos en el alma. Tenía que contarles que el karma existe, que nadie se va sin vivirlo en carne propia. Lo más importante es que debía contarles, es que había conocido a Jesús y me había salvado del abismo.

Abrí los ojos poco a poco, las enfermeras que me acompañaban se emocionaron. Llamaron al doctor de turno y este me comenzó hacer preguntas de rutina: '¿Dónde estás? ¿Qué día es hoy? ¿Cómo te llamas? ¿A qué te dedicas?' Yo solo respondía con calma, estaba muy sedado para dar declaraciones. Al terminar el interrogatorio, una enfermera comenzó a sacarme conversación. Me explicó que ahora para comunicarme con mis familiares tenía una tablet a mi disposición y que podría llamar a la persona que quisiera. Yo solo la veía sin ánimos de hablar mucho, sin querer me volví a quedar dormido. Solo recuerdo que en ese sueño estaba mi mamá y mi bisabuela, una a cada lado repitiendo la oración sin parar. Me escondían de algo que no alcancé a ver, capaz era la muerte que no aceptaba su derrota y me buscaba desesperada.

Me despertó el sonido de una vídeo llamada, cuando abrí los ojos tenía frente a mí una tableta con la pantalla partida en tres. Una de esas personas era mi madre, se me quebró el alma en ese momento. Después de todo había logrado encontrarla, después de todo había logrado salir del infierno para verla, así sea por FaceTime. La otra persona era el amor de mi vida, tenía tanto que agradecerle. Ambos me habían devuelto a la tierra, a la vida. Sonreí, intenté gritarles 'te amo', pero no tenía tanta fuerza. Había durado doce días luchando contra la muerte, había pasado doce días en el infierno. Necesitaba descansar.



Sr. Ostwald Guillén. Le informamos que se encuentra en el mes de Abril, no en Marzo. Eso que tiene en el cuello es una vía central. Si se da cuenta está usando pañal y por ninguna razón puede quitarse el oxígeno. No intente levantarse de la cama, está muy débil. Si mañana se encuentra estable, lo trasladaremos a su habitación en hospitalización. 









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