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[Escritos] Cuando ya no esté

[Escritos] Cuando ya no esté




Cuando ya no estĂ©, no lloren. 
Tan solo recuerden aquella vez que los hice reĂ­r 
hasta que les doliĂł la panza y sonrĂ­an. 
No lo hagan por ustedes, 
háganlo por mĂ­. 

Cuando ya no estĂ©, 
dĂ­ganle a mi mamá que la amo, 
que siempre estarĂ© a su lado, 
que ahora es mi turno de cuidarla. 
Para el dĂ­a de las madres cĂłmprenle un ramo de rosas 
y en la tarjeta escriban mi nombre.
No la dejen sola porque la persigue la nostalgia 
y terminará llorando, 
como lo hace cada vez que llega el invierno. 

Cuando ya no estĂ©, 
abracen a mi hermana, 
cuéntenle algo gracioso que hayamos vivido
 y nunca le digan que entienden como se siente. 
Háganla reír porque estará desolada,
 no le ofrezcan alcohol
porque no quiero verla desorbitada
en una plaza hablándole a las palomas, 
tan solo abrácenla fuerte, 
que aunque no le gusten los abrazos, 
se los agradecerá con el alma. 


Cuando ya no estĂ©, 
dĂ­ganle a mi papá que lo perdono, 
que no le guardo rencor. 
Que gracias por estar y no estar. 
Gracias por ser y no ser. 
Gracias por enseñarme tanto en todo este tiempo. 
A veces las ausencias enseñan más que mucha gente presente.
 DĂ­ganle que vaya vestido de blanco a mi funeral, 
como señal de paz, 
que no lleve traje, 
que no es necesario tanta formalidad, 
que no llore, 
que no es necesario. 
DĂ­ganle que me recuerde de siete años, 
en aquel restaurante, 
que recuerde mi sonrisa
 y que la guarde como su recuerdo más preciado. 


Cuando ya no estĂ©, 
escuchen a mi esposa, 
escriban todos los cuentos que tenga de mĂ­ 
y plasmenlo en un libro o un blog. 
No dejen que se vaya con todas esas historias apasionadas a la tumba. 
Nuestro amor merece ser escrito, 
nuestro amor merece ser inmortal. 

Cuando ya no esté,
jueguen con mi hijo. 
DĂ­ganle que papá se tuvo que ir al cielo 
porque Dios necesitaba escribir un libro nuevo, 
que se lo llevĂł por su talento,
 no le digan las verdaderas razones, 
no hasta que tenga edad para entenderlo. 
Sino se come ese cuento, 
dĂ­ganle que estoy pintando nubes, 
que asĂ­ como le enseñe a Ă©l a pintar sin salirse del borde, 
debo hacerlo con los ángeles. 
DĂ­ganle que se coma todos los vegetales, 
que le haga caso a su mamá 
y que escuche las locuras de su abuela. 
DĂ­ganle que aunque ya no estoy, 
lo sigo amando. 

Cuando ya no estĂ© escrĂ­banle a mi mejor amiga todas las mañanas, 
sĂ© que está mayor y que le cuesta leer los mensajes 
pero el simple sonido de su mĂłvil, 
la hará sentir viva. 
Dentro de su Alzheimer pensará que soy yo, 
que le pregunto cĂłmo amaneciĂł 
o le pido que me cuente sobre la noche anterior. 
Como cuando Ă©ramos jĂłvenes y desenfadados, 
como cuando estábamos llenos de vida 
y vivĂ­amos bailando la ciudad. 

Cuando ya no estĂ©, 
no permitan que cierren este blog 
o que se deje de vender alguno de mis libros, 
es la Ăşnica manera de mantenerme vivo. 
Dejen que me lean, 
asĂ­ sea una persona o diez, 
dejen que disfruten con mis cuentos, 
que lloren con mis novelas 
y que se vayan a la cama leyendo 'LucĂ­a' 
esperando conocer el final. 
Les prohibo que me conviertan en cenizas, 
ya vivĂ­ suficiente infierno en Venezuela 
para pasar el resto de mi eternidad en candela. 
Solo quiero que me entierren, 
que me pongan la ropa que solĂ­a usar los domingos 
y que la mitad del dinero que dejo por herencia 
se lo donen a los niños sin hogar.
 Ellos lo merecen más que cualquiera que estĂ© leyendo esto. 

Los poemas se los dejo a mi madre, 
los cuentos a mi hermana 
y 'LucĂ­a' a LucĂ­a, mi esposa. 

Me voy como vine, 
con muchas ganas de seguir escribiendo 
y con una sonrisa inquebrantable. 


Siempre los recordarĂ©, Eduardo. 



Atte. Ostwald Guillén
(AKA El Bastardo)




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