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[Escritos] Momentos eternos

[Escritos] Momentos eternos




Me acerqué a ella con valentía, la misma con la que me levantaba todas las mañanas para luchar con el tráfico y con un mundo sumido en caos. La miré fijamente desde que llegó, no sé si ese es su novio, tampoco me importa. Me la robaré esta noche y si tengo suerte, serán muchas más. Amaneceré con ella hasta que las canas lleguen a mi cabello, hasta que mis parpados sean pesados pero nunca cansados de verla despertar. 

Extendí mi mano, era como un caballero de los sesenta, pidiéndole a una dama bailar. Ella sonrío, con un gesto de amabilidad me dijo: "No bailo, lo siento". Tan solo le devolví la sonrisa y conteste: "Nadie puede negarse a bailar Let It Go de James Bay". Ella se levantó con una sonrisa aún más grande y dijo: "Tienes razón, es imposible negarse con esta canción". Lo había logrado, la tenía en mis manos y pronto en mis brazos bailando una de mis canciones favoritas. Llegamos a la pista desierta en pocos pasos, ella tenía las manos frías y algo temblorosas. Intenté transmitirle que todo estaría bien, sería una canción, dos o tal vez tres. La entiendo, era un extraño que quería bailar con ella pero ¿Quién en su sano juicio no querría bailar con un ser así?


Nos acercamos y la tomé por la cintura con delicadeza pero a la vez con firmeza. Antes de que James Bay terminara con su pieza, tenía que sacarle al menos su número de teléfono, su nombre. Sin darme cuenta, puso su cabeza en mi pecho y escuchó mi corazón latir. De inmediato, me miró a los ojos y tan solo dijo: "¿Algo nervioso?" No supe que contestar, solo me salió: "¿Cómo no estarlo?". Se dibujó de nuevo una sonrisa en su rostro y seguimos bailando lento.



"¿Puedo saber tu nombre?", le pregunté. "No arruines el momento", me contestó. "Siempre he pensado que las canciones lentas no son para hablar. Es como contar el desenlace de un buen libro o hablar en plena película de Michael Curtiz. No arruines la magia". Me dijo todo esto pero no escuchaba ni una palabra, no podía prestar atención gracias a sus ojos marrones. Me tenían idiotizado.

Justo a la mitad de la canción, insistí, necesitaba saber su nombre, algún dato para poder verla de nuevo. "Tienes cara de tener un nombre dulce", comenté. Logré que soltara una pequeña carcajada y me respondiera: "Los nombres son tan solo nombres. Son nuestras etiquetas y prejuicios las que nos hacen colocarles adjetivos". ¡Era la mujer más inteligente con la que había hablado! Respondía con una dulzura increíble. "Entonces, se acaba la canción y adiós", le dije. Ella solo respondió: "Así será. Si te digo mi nombre todo se arruinaría, tal vez no soy lo que piensas. Tal vez no te puedo ofrecer más que esta canción".

La pieza musical se puso más lenta, entendí que no la vería luego de esta canción. No tendría su nombre, ni su dirección, ni la visitaría los domingos. Era un amor de tren, ese donde se cruzan miradas, par de palabras y hasta nunca. Eso eramos, al menos tenía hasta el final de la canción para seguir enamorado de su perfume y tenerla así de cerca. "Forget about me", susurró siguiendo la canción. Ya sabía que me quedaban pocos segundos a su lado. ¿Pero qué son segundos cuándo nadie lleva la cuenta? Cuando estamos en el lugar correcto, los segundos pueden alargarse y convertirse en horas, las horas en días y los días en años. La quería ahí, congelada en ese momento. No me importaría si tiene mil problemas, si es vegana o detesta El Padrino. No me importaría si tiene mal aliento por las mañanas o de vez en cuando tiene mal humor. Puedo entender su pasado y regalarle un futuro repleto de poemas. Pero nada de eso sucedería, nada pasará de esta canción que está finalizando.

Sin darme cuenta, James Bay había dejado de cantar hace segundos. Nos quedamos abrazados sin percatar que el salón estaba solo, sin música, solo nosotros moviéndonos a ritmo suave. Le dije: "Esa canción debería ser eterna". Solo subió la cara, sacó su cabeza de mi pecho y dijo: "Las canciones no son eternas, los momentos sí." Entendí que llevaría este baile en mi cabeza por mucho tiempo, su cara, sus manos frías, su pasos de baile. Todo lo llevaría conmigo eternamente.

Ella, sonriente, se fue alejando de mí hasta darme la espalda. Alcanzó a decir "Adiós" y me dejó en la pista. Como había iniciado todo, solo. Se alejó hasta donde la mirada no me alcanzaba y decidí no perseguirla, esto no era una novela de Nicholas Sparks. No levantaría una casa de la nada para que se quedara, no le enviaré cartas todos los días hasta volverla a ver y menos esperaré una vida para reencontrarnos. Si fuese por mí, estaría bailando con ella hasta caer tendidos. Porque de eso trata el amor, de bailar y sonreír hasta que los pies y la barriga duela. El amor no trata en irse y esperar a te persigan, me disculparás la palabra pero eso es egoísmo.

Yo me quedaré con mi canción, el recuerdo y varios pasos de baile que no olvidaré fácil. Tal vez nos veamos en varias semanas, tomando el tren y la historia sea diferente. Tal vez sea su novio aquel que la espera afuera, tal vez está saliendo de una relación difícil, tal vez tengamos una casa, los niños y el perro. Tal vez somos un nunca jamás. 

No importa si no la vuelvo a ver, me quedo con este momento eterno y con una frase con la que tal vez escriba mi primer libro: "Las canciones no son eternas, los momentos sí."

Nos vemos, más adelante, en otra vida o en mis sueños. De lo que estoy seguro es que nos volveremos a ver y James Bay será eterno, como nuestro baile, como nosotros.



Atte. Ostwald Guillén
(AKA El Bastardo)

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