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[LOS RELATOS DE VALENTINA] Hora Del sin azĂșcar.

[LOS RELATOS DE VALENTINA] Hora Del sin azĂșcar.






Dulcinea llevó la taza con sabor amargo hasta sus labios, tanto de sus ojos como de la taza corrían lågrimas color café llenas de desesperanza, Dulcinea había estado pensando en la muerte y hablaba de ello con Cåndida.

“CĂĄndida, llĂ©vame contigo a Ă©se lugar dĂłnde no hay mĂĄs que nada.”
“CĂĄndida, vivo de pasos fallidos y mis piernas ya no dejan de sangrar”.
“CĂĄndida, por quĂ© me llaman Dulcinea si de amargos tragos estoy hecha.”

Escabullirme de la realidad era mi especialidad, me hundĂ­a entre pĂĄginas y letras desordenadas que, a mi vida algo de sentido aportaban, claro sĂłlo cuando CĂĄndida no me escuchaba.
Le grité:

¡CĂĄndida, escĂșchame o llorarĂ© hasta inundarme!
¡CĂĄndida, te necesito mĂĄs que todo y que a nada!
¡CĂĄndida, envidio tu ilusionada mirada!

EncendĂ­ una esperanza ahogada que, acompañada entre sorbos de cafĂ© mis labios manchaba. En mi habitaciĂłn sĂłlo el ruido de mis pensamientos resonaba.

Le ofrecĂ­ un cigarro a CĂĄndida y Ă©sta aĂșn nada que llegaba, seguro que con Flavio se encontraba, Flavio era su amor, su amante, su amigo y el hombre que la daba todo lo que yo jamĂĄs pude ni  podrĂ© ofrecerle, aĂșn asĂ­, ella a mi lado cada que se sentaba, escuchaba el canto de mis lĂĄgrimas y observaba como el viento despojaba mis palabras. 

Entre besos con aire ilusionado me hacĂ­a padecer de felicidad y le daba a mis mejillas un toque de fe que, aunque poco durase, un sabor dulce me dejaba.

Me levantĂ© del mar en donde ahogada me hallaba, en el reflejo de una perla me encontrĂ© con el cabello marchito y mis castaños ojos maquillados de nostalgia, mi piel porcelana agrietada estaba, mis lunares eran estrellas muertas que en mi piel un camino a la perdiciĂłn guiaban, mis manos arrugadas y secas acariciaban los moretones que en mis piernas tu recuerdo dibujaba.

Por un momento creí ver a Cåndida a mis espaldas, grité su nombre y le dije que la amaba, que de Flavio se olvidarå y conmigo regresarå.

Recordé que entre paredes de algodón nada ni nadie me escuchaba.

Atte. Valentina Mora

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