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[Escritos] El sabio y el rey.

[Escritos] El sabio y el rey.






En unas tierras no muy lejanas, existía un joven rey. Había heredado temprano el trono, sus padres fallecieron casi cuando era adolescente y por ser único hijo, quedó a cargo. Este personaje, era demasiado flojo. Nunca quería cumplir con sus deberes, ni atender los pedidos de los aldeanos. Pretendía que todo le llegaría por arte de magia. No conocía el trabajo pesado y mucho menos, madrugar para llevar el pan por la noche a casa. Todo un mimado.

Un buen día, dentro de su depresión por no hacer nada y querer dejar el trono para ser más flojo aún, decidió visitar al sabio de su pequeño pueblo. Llegó a la humilde casa con prepotencia y ostentosidad. El viejito que aun podía caminar, prometió ayudarlo mientras él hiciese todo lo que el sabio ordenase. Para acabar con su frustación, accedió. La primera orden del sabio fue que se quitara todo lo de valor y se colocara una pequeña túnica vieja. El rey molesto no entendía pero sin embargo le seguía el juego. Luego, el sabio le dijo que pasaría allí la noche para que entendiera muchas cosas que sucedían a sus espaldas. Sin dudar, acepto.

A la mañana siguente, el joven fue despertado con agua. Tipo cinco de la mañana, esto lo puso de mal humor pero debía callar hasta lograr su objetivo que era obtener un poco de la gran sabiduría del viejo. Luego, tuvo que aprender a ordeñar una vaca y a cocinar su propio desayuno. Sin sirvientes, ni cocineros. Trabajó en el campo por el día sin descanso. Cuando llegó la noche, el joven cansado le grito al sabio: - ¡BASTA! Estoy harto de tantos maltratos. Soy un rey y no merezco ensuciarme, mucho menos trabajar para comer.

El sabio, calmado, le respondió: - Siéntate, llegó el momento de darte un poco de la sabiduría que viniste a buscar.

El joven accedió a sentarse y este prosiguió. 

- Hace más de cinco años que murieron tus padres, personas nobles y de buen corazón. Entregados a su pueblo, a sus aldeanos. Tú, te escondiste en el dolor de la perdida y jamás saliste de allí. Te refugiaste en que algún día volverían y jamás lo hicieron. Ya no eres un niño. Eres un hombre. Uno que debe aceptar con gallardía los retos que le pone la vida. ¡Despierta temprano! Saluda con amabilidad, ayuda a tus peones con la carga, ordeña tu propio vaso de leche para desayunar, atiende los pedidos de tu pueblo, sueña y ponle ganas. Tienes un pequeño reino en tus manos, en tu cabeza, con creatividad, ganas y mucho trabajo lograras lo que deseas. Crea, cree. Con estas palabras terminó el viejo sabio y se dispuso a descansar. 

Dicen que desde ese día el rey se convirtió en otra persona, el reino comenzó a ser un lugar fructífero y esto llevó su reinado al éxito. Recuerda que eres el dueño de tu propio destino, como el protagonista de esta historia, tienes un reino en tu manos. De ti depende que se convierta en algo fructífero o fracasé. Olvídate de las personas, del que dirán y ponle ganas a tus sueños. 

Más temprano que tarde, comenzaras a ver los frutos.


 Atte. Ostwald J. Guillén



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